08 DIC 2016

Gillespi: "El rock tuvo su generación dorada"

Lanzó un libro con anécdotas y conversaciones con los músicos más importantes de la escena nacional, pero tiene que defender el lugar de la conversación y de la intimidad
976
Por Sebastián Grandi


La charla con el trompetista y conductor de radio Gillespi sobre su nuevo libro “Salsipuedes. (Historias del rock argentino)” empieza al revés: él es el que pregunta. Quiere saber qué tal está, qué impresión se lleva uno. La conversación es en el estudio donde hace su programa “Diario de un hombre rana”, de lunes a viernes a las 18 por BitBox, con un vino en la mano y una pared repleta de vinilos detrás. La radio es clave en esta historia: las conversaciones que aparecen a lo largo de las páginas son fruto de muchas horas de charla con los músicos más importantes de la historia del rock argentino grabadas para ser reproducidas al aire. “Se dio una coyuntura en donde las estrellas del rock empezaron a cuestionar la idea de ir en persona a las radios. Entonces yo estaba en la radio y me pasaba que los músicos daban shows, querían que se los promocionara y nadie venía. Fito, el Indio, Andrés Ciro, etc. ¿Entonces a quién le puedo hacer notas? Me quedaban solo las bandas en crecimiento y nadie de los consagrados quería venir porque empezó una onda de que los medios eran malos, que la televisión era una porquería. Entonces hice al revés: voy a su casa y con un grabador hago el laburo de periodista. Sólo. Después me di cuenta que en ámbito de la casa se relajaban, tomábamos mate, alguno cocinaba.”, explica. 
 
 
Hay un pasado de estudiante de psicología que, asegura Gillespi, le ayudó a que la conversación fluya. Y ser músico también, claro. “Ellos te van a decir qué guitarra es buena o qué disco de los Beatles les gusta más, pero yo he tenido charla de cuatro horas con un músico. Creo que eso tiene que ver con una característica de mi personalidad y con la combinación de otros factores: a priori tocar la trompeta en el rock es muy boludo, porque todos son guitarristas o cantantes. Yo agarré un instrumento que nadie quería, que nadie tocaba y que a nadie le gustaba. Entonces ante todas estas cosas que a priori no convenían, después resultó que el trompetista no era competencia y el guitarrista ya no tenía miedo de hablar de igual a igual conmigo.”
 
 
A pesar de haber logrado ese espacio confesional, Gillespi se pone a la defensiva frente a la salida del libro: “Me gusta llegar a espacios de reflexión en una conversación, salir del qué frío, qué calor. Quiero saber qué es ser artista, cómo se componen los temas y eso lo combino con mi formación universitaria. Mucha gente me dice: yo también estuve con Spinetta. ¿Y escribiste un libro? Yo sí. Escribí un libro y después hablamos. Hay muchos que están en actitud desafiante.”
 
 
-¿De verdad te encontraste con una situación desafiante? 
 
-El público agradece y disfruta el libro porque ve la cuestión doméstica de los artistas. El medio es más crítico, me miran el libro con una lupa y me hacen algunas objeciones. Yo tengo que empezar siempre y presentarme. Cuando tenga cuarenta años de carrera voy a decir: googleá. Este es un país donde nadie se gana un lugar. Y no lo digo por mi, lo digo, por ejemplo, por Charly García.
 
 
 
 
-Tu libro es una biografía que se presenta como si el que la escribe, no mereciese una. 
 
-Fue para romper el prejuicio. Para la gente que dice ¿y éste quién se cree? De entrada te digo yo no soy nadie, pero leé el libro. 
 
-En el prólogo citás a Neruda cuando habla de los recuerdos y me pregunto si éstas son anécdotas que habrás contado en miles de asados…

-Yo quería poner las conversaciones. Me parecía que había charlas con mucha intimidad e inspiración, porque Spinetta estaba cómodo conmigo o porque Gustavo Cerati me dio algunas de sus últimas entrevistas, sobre todo en los tiempos en que yo estaba en Rock & Pop. Pensé que tenía que desarrollar la idea de un tipo errante que va con un grabador a entrevistar a las grandes figuras. Después me daba cuenta que con Spinetta había puesto una hora y media al aire y me había quedado una hora y pico más y entonces la puse en el libro. A cada lugar que iba escabiábamos y eran tres o cuatro horas hablando de cualquier cosa. Y ahí pensé: tengo que hacer algo con esto. Entonces le dije a Editorial Planeta, con quienes ya había trabajado, que quería hacer un libro de charlas trasnochadas, en un clima más de psicólogo. Pero ellos querían que yo escriba desde mí, porque hay libros de charlas, casi todos de periodistas. Entonces corría el riesgo de hacer una biografía a los 50 años, cuando mi carrera recién está por la mitad y no llegué a mi techo. Entonces hice una línea de tiempo extraña donde meto algo mío y meto una conversación. Por eso el libro empieza con la despedida de Soda Stereo que en apariencia no tiene nada que ver conmigo. Es a propósito: es un collage. 
 
-¿Esa intimidad que lograste con los músicos se debe exclusivamente a, justamente, tu condición de músico? 
 
-Sí. Ser músico es una decisión, sobre todo en un país como éste. Cuando nosotros empezamos era muy distinto a lo que es ahora, que hay músicos y bandas por todos lados. En el 83 éramos 30 o 50 tipos que andábamos por la noche. Ahora deben ser seis mil. Mi hija toca el bajo en una banda y en su división hay otras dos. Multiplicalo por todo el país. En ese momento ser músico también era una definición. La gente te miraba porque eras el que volvía tarde, el que se levantaba tarde, los vecinos creían que te falopeabas. Y ni hablar en mi caso que empecé por el camino de Sumo, Divididos y todas esas bandas. Esa línea el periodista nunca la pasó. Alfredo Rosso tal vez sea el mejor periodista argentino, pero compartir escenarios, un camarín, las giras, el bondi, te hace ser más amigo. Spinetta era un poco paranoico con esas cosas: se obligaba a ser diplomático con los periodistas. 
 
-Bueno, pero esa posición a veces perjudica el mensaje
 
-Le tienen miedo a un off the record que publique algo que no quieren. Aunque hoy en día el periodismo de rock no es muy crítico que digamos. En cambio la complicidad de ser músico suma para hablar con esta gente, sobre todo apelando a las viejas costumbres donde ser músico implicaba la posibilidad de ir en cana. 
 
-Esa resistencia también aparece muchas veces con la industria del entretenimiento. Acá muchos músicos se resisten a participar de una estructura de la que son parte. ¿En estos 50 años de rock argentino hubo un cambio de esto?
 
-Yo diría que Argentina y México tuvieron un acercamiento al rock bastante cercano a sus orígenes en el Primer Mundo. Acá hablar de Litto Nebbia es mucho más que decir que fue un pionero. También lo es Javier Martínez o Moris. Ellos se destacaron por adaptar el rock al uso del castellano. Eso fue un aventón para la generación de fines de los sesenta. Almendra emerge en un lugar muy especial, porque a su manera son unos Beatles argentinos, con elementos de tango y orquestales. Y eso pegó en Sudamérica, en México y en España. Y enarbolamos una bandera del rock argentino que tenía su propia identidad donde había melancolía oculta, temas bailables y ese sonido tan porteño de la canción urbana rockera que va de Charly a Spinetta y de Fito Paez a Andrés Calamaro. Para mí tuvimos una generación dorada. Soda Stereo en eso fueron líderes continentales. El otro día (el músico brasileño) Ed Motta me decía que ni siquiera Caetano Veloso le llega a los talones a Spinetta en el vuelo y a nivel de las composiciones. El Flaco tiene elementos de música clásica, de música contemporánea. Él es como un Bjork nuestro. Es un músico con muchos períodos muy difíciles de interpretar. Entonces en estos 50 años, con esa generación tan grande que influenció desde México a España (no te olvides de Moris, Aquelarre o Ariel Rot, Calamaro y Melingo por nombrar a algunos de los que fueron). Ser argentino era sinónimo de saber hacer rock. Hoy no se si tenemos esa autoridad. 
 
-¿Dónde creés que está el hueco?
 
-Nos olvidamos de nuestra identidad. Todos empezaron a mirar lo latino y ahí somos todos iguales, mexicanos y argentinos. Poner tumbadoras, raperos y toda esa impronta nos homogeneizó. Al final es lo mismo Illya Kuryaki que Molotov o Calle 13. Toda esa globalización a nosotros nos perjudicó porque nuestro sello era la canción urbana inspirada con lindos arreglos y lindos acordes. Era una calidad suprema: fuimos una fábrica de SteelyDans.
 
-¿Y cuando nos miramos a nosotros mismos? 
 
-Yo me acuerdo que una vez hubo una polémica entre Wynton Marsalis, un trompetista muy emparentado con el jazz tradicional y un rapero (N del R: posiblemente se refiera a una entrevista con el diario inglés The Guardian donde Marsalis se queja del hip hop, pero experimenta con el género. Se puede consultar aquí). El rapero decía: yo cuento las cosas que pasan en mi cuadra. Y Wynton le decía: todo bien, pero además podés ser un artista y contar algo más que la historia de que te tomaste una birra. Tenés que usar una forma poética porque finalmente sos eso, un artista. Vos lo reciclás, le ponés una impronta estética y yo noto que el rock barrial es lo que pasa en la esquina, contado como pasa en la esquina. Cualquiera sube y se pone a tocar. 

Seguinos en Facebook

Seguinos en Twitter